19 de agosto de 2026

DESDE LA TRIBUNA/ Por Yonatan Domínguez

El deporte mexicano está lleno de historias memorables, triunfos irreales y cuentos de hadas en ocasiones, hasta difíciles de creer. Si algo hay que valorar de nuestros deportistas es que la mayoría llega a su gloria solo con hambre, con esfuerzo y con ímpetu, sin nunca rendirse, siempre con el estandarte del “si se puede”, porque talento sobra en este país; solo falta algo muy simple: organización.

Dicho grito nació en 1997 cuando los vaqueros de Guadalupe Linda Vista obtuvieron el campeonato de Williamsport, Gabriel Álvarez conectó un batazo milagroso para Linda Vista, que a la postre permitió que Pablo Torres dejara tendido a Mission Viejo y así rompiera la sequía de 4 décadas sin campeonatos para México. Dicha sequía venía precedida del bicampeonato de los campeonatos obtenidos por los pequeños gigantes en 1957 y 1958, historia que es recordada como una hazaña mundial.

Pero en las hemerotecas hay una historia que, lejos de estar olvidada, vive en la memoria colectiva de quienes aman y amaron este deporte: el 24 de agosto de 1985 se enfrentaron en la final de Williamsport, US West vs Corea del Sur, o, mejor dicho, Mexicali vs Seúl. Ha sido la única ocasión en la historia en la que una final de dicho evento se jugó sin un solo estadounidense. Aunque dicho enfrentamiento dio como resultado un subcampeonato para Mexicali.

Detrás de esta historia, estoy seguro de que hubo un grupo de soñadores que viendo las limitaciones decidieron inscribirse en el Distrito 22 de California, un grupo de gente que sin fines de grandeza buscaba un lugar donde jugar y dar alegrías a su comunidad, esos son los verdaderos héroes, pero nada ha cambiado, año tras año vemos este tipo de hazañas que le labran desde lo colectivo y la esperanza, lejos del fomento social y la estructura organizada.

Esta semana inicia lo que, en lo personal, representa quizá lo más importante en el plano deportivo, la Serie Mundial de Ligas Pequeñas en Williamsport, Pensilvania. Cuando hablamos de Pequeñas Ligas, en realidad no hablamos únicamente de béisbol; hablamos de una estructura sólida a nivel mundial y de un desarrollo social basado en lo más importante, que son los niños. Rara vez pensamos en quienes estaban detrás de esos uniformes, porque antes de ser héroes deportivos, esos niños fueron simplemente hijos, niños que se despertaban de madrugada para entrenar, que viajaban cientos de kilómetros en autobús, que hacían tareas entre juegos y que encontraban en un diamante de béisbol un lugar para soñar.

Quizá los verdaderos héroes de esta historia nunca aparezcan en las estadísticas, son los padres y madres que sacrifican tiempo, dinero y comodidad para alimentar una ilusión que muchas veces ni siquiera es propia. Son ellos quienes manejan de noche después del trabajo para llevar a sus hijos a entrenar, quienes venden rifas para financiar un viaje, quienes permanecen en las gradas bajo el sol viendo cómo un niño persigue algo que parece imposible, porque antes de existir un campeón, siempre existió una familia que decidió creer.

Lo más admirable de estas historias es que, en México, suelen ocurrir a pesar del sistema y no gracias a él. Año tras año aparecen jóvenes capaces de competir con cualquiera en el mundo, aun cuando las instalaciones son insuficientes, los programas deportivos cambian con cada administración y el apoyo institucional suele llegar tarde o no llegar, resulta paradójico que un país tan rico en talento siga dependiendo, demasiadas veces, de la voluntad de entrenadores, familias y comunidades enteras para sostener los sueños de sus deportistas, porque el problema de México nunca ha sido la falta de talento; nuestro gran pendiente sigue siendo construir la organización que permita que esos sueños dependan menos de milagros y más de oportunidades.

Tal vez por eso cada triunfo mexicano tiene un sabor diferente. No celebramos únicamente una victoria deportiva; celebramos la resistencia; celebramos a quienes encontraron una forma de avanzar aun cuando el camino parecía diseñado para detenerlos. La verdadera victoria de aquellos “pequeños gigantes”, “vaqueritos de linda vista” y “Los niños hermosos de Mexicali” nunca estuvo en el marcador; la verdadera victoria es que treinta o cuarenta años después, seguimos hablando de ellos, seguimos recordando aquellas aventuras imposibles que encontraron la manera de desafiar la lógica, porque eso es lo que crean los deportes infantiles, historias perpetuas , historias de felicidad, historias que nos recuerdan que antes del profesionalismo, de los contratos y de la presión por ganar, existía algo mucho más puro, la capacidad de soñar, la misma que siente un niño cuando se pone un uniforme por primera vez y mira hacia las gradas para encontrar a sus padres, quizá por eso Williamsport sigue siendo especial, porque durante unas semanas, el mundo vuelve a ver el deporte como lo vimos todos alguna vez: con los ojos de esperanza de un niño.

La gloria no es de quien la consigue, sino de quien la disfruta.