15 de julio de 2026

Con el enemigo en casa

Por René Martínez Bravo
En política, las señales casi nunca son casuales. Un asiento vacío en un evento oficial, una invitación que no llegó, una fotografía de la que alguien desaparece o una ausencia en los tradicionales honores a la bandera suelen decir mucho más que un comunicado oficial. En el lenguaje del poder, los símbolos hablan.
Cuando un secretario, subsecretario, coordinador o funcionario de primer o segundo nivel que siempre formó parte del primer círculo deja de ser convocado, inevitablemente se encienden las alertas. El excluido comienza a preguntarse qué ocurrió, quién habló de él, quién sembró la duda o quién aprovechó la oportunidad para desplazarlo. Porque así funciona, muchas veces, la política de los pasillos.
Toda estructura de gobierno alberga grupos. Es natural. Lo preocupante es cuando esos grupos dejan de competir con resultados y comienzan a hacerlo mediante la intriga, la mentira, la descalificación y la deslealtad. Ahí nace el verdadero enemigo de cualquier administración: no el que critica desde afuera, sino el que conspira desde adentro.
Y conforme avanza un sexenio, ese fenómeno suele intensificarse. La cercanía del relevo político despierta ambiciones que permanecían dormidas. Comienza entonces la lucha transexenal, esa carrera silenciosa por asegurar espacios en el siguiente proyecto político, por sobrevivir al cambio o, mejor aún, por convertirse en el heredero del poder.
Es entonces cuando aparecen los especialistas en susurrar al oído del gobernante. Los fabricantes de expedientes negros. Los que inventan historias, magnifican errores, atribuyen traiciones inexistentes y construyen enemigos donde no los hay. Son personajes que entienden que una mentira repetida oportunamente puede desplazar a un rival más eficaz que cualquier competencia profesional.
La historia política mexicana está llena de estos episodios. No pertenecen a un solo partido ni a un solo gobierno. Son parte de una cultura política que privilegia la grilla sobre el trabajo y la intriga sobre los resultados.
Tamaulipas, desde luego, no está exento de esa realidad.
Los recientes movimientos dentro de la administración estatal parecen reflejar precisamente un proceso de revisión interna. La salida de Samuel Badillo de la Subsecretaría de Bienestar Social se enmarca dentro de los ajustes y evaluaciones impulsados por el gobernador Américo Villarreal Anaya. Otras bajas, como las de Norberto Barrón Barragán y Jacobo Batarse en la Oficina del Gobernador, alimentan la percepción de que existe una depuración orientada a recuperar el control político y administrativo.
Más interesante aún resulta el caso de la magistrada Tania Contreras Durante semanas se alimentaron versiones, especulaciones y narrativas que pretendían sembrar dudas sobre su posición dentro del equipo gubernamental. Sin embargo, su reciente reincorporación a los eventos oficiales, particularmente a los honores a la bandera, parece enviar un mensaje distinto: las versiones fueron contrastadas y la confianza fue ratificada.
Ese tipo de rectificaciones también hablan. Demuestran que no toda información que circula en los corredores del poder corresponde necesariamente a la realidad.
Porque una administración pública no puede gobernarse a partir del rumor. Tampoco puede permitir que quienes viven de fabricar conflictos terminen influyendo más que quienes entregan resultados.
Cuando el gobernante descubre quiénes son los que «ponen los cuatros», quienes enfrentan a unos con otros para beneficio propio, la obligación institucional consiste precisamente en cortar de raíz esas prácticas. No hacerlo significa permitir que la desconfianza sustituya al trabajo en equipo.
Las llamadas «manzanas podridas» rara vez dañan únicamente a quien buscan perjudicar. Terminan erosionando la confianza del propio jefe, dividiendo equipos, frenando decisiones y debilitando la eficacia gubernamental. El costo político siempre termina siendo mucho mayor que el beneficio personal que algunos pretendían obtener.
Por ello adquiere especial relevancia el llamado realizado por el gobernador Américo Villarreal Anaya a todos los integrantes de su gabinete: ponerse a trabajar para los tamaulipecos. El mensaje
parece sencillo, pero contiene un profundo contenido político. Gobernar exige menos conspiración y más resultados; menos cálculo personal y más compromiso institucional.
Mientras tanto, la política sigue enviando señales. Llama la atención que otro personaje relevante de la vida pública estatal, Humberto Prieto tampoco haya sido visto recientemente en los honores a la bandera. ¿Se trata simplemente de una circunstancia administrativa, de un tema de agenda o existe alguna lectura política detrás de esa ausencia?
Como siempre ocurre en política, el tiempo termina respondiendo las preguntas que los protagonistas prefieren no contestar.
Lo verdaderamente importante es que ninguna administración debe perder de vista una verdad elemental: los mayores riesgos para un gobierno no siempre llegan desde la oposición. Con demasiada frecuencia nacen dentro de la propia casa, alimentados por quienes, bajo una apariencia de lealtad, libran una guerra silenciosa de todos contra todos para conquistar el poder que vendrá cuando concluya el actual sexenio.
Y esa, históricamente, ha sido una de las batallas más difíciles de ganar.
Hasta la próxima
renovacion44@hotmail.com
Gerardo Algarín