Por René Martínez BravoHay momentos en la vida de una nación que desafían toda lógica. Episodios que nos recuerdan que, por encima de las diferencias políticas, ideológicas, sociales o religiosas, existe algo mucho más poderoso: la capacidad de un pueblo para encontrarse en un mismo sentimiento.
Durante mucho tiempo hemos sido testigos de un discurso que insiste en presentarnos como un país dividido. Unos afirman que la fractura es política; otros, que es social o ideológica. Las redes sociales, los debates públicos y hasta algunos medios de comunicación parecen alimentar todos los días la narrativa de la confrontación permanente.
Sin embargo, de pronto sucede algo que rompe ese molde.
Basta una camiseta con los colores de México, un himno nacional entonado con orgullo o un balón rodando sobre la cancha para que millones de mexicanos, sin importar su origen, condición o forma de pensar, griten al mismo tiempo, celebren el mismo gol y compartan la misma esperanza. Esa es la magia del deporte, pero, sobre todo, esa es la grandeza de México.
Debo confesar que nunca he sido un aficionado absoluto al fútbol. Sin embargo, en esta ocasión también me dejé contagiar por el ambiente. Y no precisamente por el marcador o por el resultado deportivo, sino porque fui testigo de algo mucho más importante: la capacidad que tuvo este acontecimiento para recordarnos que cuando queremos, podemos caminar juntos.
Quizá esa sea la mayor enseñanza.
Si somos capaces de unir nuestras voces para impulsar a una selección nacional, también deberíamos ser capaces de respaldar todo aquello que contribuya al bienestar del país. La democracia ya habló en las urnas y corresponde ahora construir, vigilar, señalar cuando sea necesario, pero también apoyar lo que beneficie a México. La crítica responsable fortalece; la descalificación permanente solamente desgasta.
No podemos permitir que el veneno de la división, la mentira o la palabra utilizada como arma siga contaminando el ambiente nacional. Ningún proyecto político, ningún interés personal y ninguna ambición de grupo puede estar por encima del interés superior de la República.
México necesita menos odio y más diálogo. Menos confrontación estéril y más coincidencias. Menos apuestas al fracaso y más voluntad para que las cosas salgan bien.
Resultó significativo observar cómo, a pesar de que algunos grupos apostaban porque la celebración deportiva fracasara o se convirtiera en motivo de conflicto, ocurrió exactamente lo contrario. La fiesta fue de los mexicanos. Ganó el entusiasmo, ganó la convivencia y ganó ese sentimiento de identidad que muchas veces olvidamos que compartimos.
También hubo quienes intentaron convertir este momento en una plataforma política para obtener dividendos personales. La respuesta fue clara: la ciudadanía entendió que el protagonismo sobra cuando la verdadera protagonista es la nación.
Ojalá que esta experiencia no quede únicamente en el recuerdo de un torneo o de un campeonato. Ojalá entendamos que la fuerza que mostramos alentando a nuestra selección puede convertirse en la misma energía para impulsar el desarrollo de nuestro país, exigir mejores resultados, participar con responsabilidad y trabajar, cada quien desde su espacio, por un México más justo, más fuerte y más unido.
Porque al final del día, antes que simpatizantes de un partido, seguidores de una ideología o integrantes de cualquier grupo, somos mexicanos.
Y esa identidad común siempre será mucho más grande que cualquier diferencia.
Que Dios bendiga a México.
Y que Dios bendiga siempre a los mexicanos.
Hasta la próxima
renovacion44@hotmail.com
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