POR: JUAN VILLORO
José Alfredo advirtió el peso que el viejo orden agrario tenía en la populosa vida urbana y recreó un folklor bucólico. Añoró una «casita al pie de la montaña» y convirtió la rienda en metáfora de la atadura amorosa. Con una frase concebía un drama: «Sonaron cuatro balazos…».
En su espléndido libro, «Cuando te hablen de amor y de ilusiones», Paloma Jiménez Gálvez, hija del compositor, hace un puntual análisis de las letras y cuenta la verdadera historia de «El caballo blanco». Ese corrido no se inspiró en un brioso corcel, sino en el Chevrolet blanco que su padre tuvo que empeñar en Los Mochis para pagar su hospedaje. Mitógrafo de tiempo completo, el maestro transfiguraba la realidad.
En la colonia Santa María la Ribera trabajó en una cantina que todavía existe; aficionado al futbol, fue portero suplente de Antonio «La Tota» Carbajal. Este dato anecdótico se convirtió, como todo en el taumaturgo emocional de Dolores, en impulso mítico: Carbajal sería el portero legendario del equipo León, cuyo actual canto de guerra es el más ambiguo del futbol mundial: «No vale nada la vida». ¡José Alfredo logró que el nihilismo apasionara a la tribuna!
El rincón de una cantina le sirvió de observatorio para los quebrantos de amor y el tequila, de arriesgado remedio. Sus letras levantan inventario del machismo («te vas porque yo quiero que te vayas»), el rencor («qué bonita es la venganza cuando Dios nos la concede»), la resignación («me cansé de rogarle»), la pérdida anticipada («quiero ver a qué sabe tu olvido»), los celos («hoy vas por el mundo buscando placer»), el despecho («que te den lo que no pude darte… aunque yo te haya dado de todo»), la liberalidad («yo quiero que te besen otros labios»), la reconciliación («amanecí otra vez entre tus brazos») y la derrota fatal («de este golpe ya no voy a levantarme»). El repertorio es tan completo que no podemos cantarlo sin que se vuelva autobiográfico.
Los innegables valores literarios de José Alfredo responden, como señala el poeta colombiano Darío Jaramillo Agudelo, a las virtudes de la oralidad. Hay versos para leer, versos para recitar y versos para cantar con la voz quebrada. José Alfredo es el maestro de la tercera variante. Sus letras no provienen de lecturas, sino de la sabiduría del dolor, la experiencia de quien es «un gallo muy jugado».
«Quien sepa de amores que calle y comprenda», cantó Javier Solís. En la misma tesitura, José Alfredo advierte: «nadie sabe ni puede decir las cosas de amores» y, sin embargo, dedica trescientas canciones a explorar ese enigma.
Murió a los 47 años, dejando un acervo que otras voces han mantenido vivo. Aunque básicamente narró calvarios masculinos -el hombre como gavilán en pos de una paloma-, las mujeres hicieron suyo ese repertorio en las brillantes interpretaciones de Lucha Reyes, Lola Beltrán, Chavela Vargas y Lucha Villa. Cantantes posteriores, como Luis Miguel y Alejandro Fernández, revitalizaron la leyenda.
¿Cuál es el secreto de José Alfredo? Acaso la clave esté en el escenario donde brindó sus remedios de amor, un país donde todos anhelan que los quieran «nomás tantito». Las «esencias nacionales» son una convención transitoria, pero algo perdura entre nosotros. ¿Hay deuda más grande que la del amor correspondido y herida más fuerte que su pérdida?
El
Hace cien años nació quien supo responder esas preguntas.
Fuente: Agencia Reforma.
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