Por: Martín Díaz
En el marco del Día del Periodista, el llamado a la libertad de expresión vino acompañado de una exigencia clave: ejercer el oficio con responsabilidad, ética y el valor de asumir la autoría de lo que se publica.
El encuentro encabezado por el gobernador Américo Villarreal Anaya con comunicadores de todo el estado dejó un mensaje que va más allá de la conmemoración. No se trató solo de reiterar el respeto a la libertad de expresión o al derecho de opinión —principios indispensables en cualquier democracia—, sino de subrayar que el periodismo no es un ejercicio impune ni anónimo, sino una labor que exige compromiso profesional y responsabilidad personal.
El mandatario planteó una idea que incomoda a algunos, pero resulta inevitable: el periodismo, como otros oficios de alta responsabilidad social, implica dar la cara. Informar no es lanzar versiones al vacío ni escudarse en el anonimato digital para denigrar, descalificar o manipular sin sustento. Informar es asumir la autoría de lo que se publica y responder por ello ante la sociedad.
En un entorno saturado de datos, rumores y opiniones disfrazadas de noticias, el verdadero reto ya no es solo informar primero, sino hacerlo con veracidad, contexto y ética. La sobreabundancia informativa ha generado un fenómeno perverso: la confusión deliberada. En ese escenario, la firma se convierte en un acto de responsabilidad y, también, de credibilidad.
El anonimato, cuando se usa para atacar sin pruebas o para simular periodismo desde la cobardía digital, no fortalece la libertad de expresión. La erosiona. Daña al oficio y, sobre todo, perjudica a quienes sí investigan, contrastan fuentes y sostienen con su nombre y trayectoria lo que publican. La crítica sin rostro evade consecuencias y contamina la conversación pública.
Durante el acto, desde la Coordinación General de Comunicación Social se reiteró que la relación del gobierno estatal con la prensa se basa en el respeto al ejercicio libre del periodismo, sin imposiciones editoriales ni condicionamientos. Esa afirmación, correcta en el discurso, cobra verdadero sentido cuando se entiende que la independencia periodística también implica responsabilidad profesional y ética individual.
El homenaje a las y los periodistas fallecidos en 2025 recordó una verdad que a veces se olvida entre cifras y discursos: el periodismo no es una abstracción. Lo ejercen personas concretas, con nombre, historia y riesgos reales. No perfiles falsos, no cuentas anónimas, no avatares sin pasado ni consecuencias.
El mensaje es claro y vigente: la libertad de expresión se fortalece cuando va acompañada de responsabilidad, ética y transparencia en la autoría. En tiempos de ruido informativo y anonimato digital, el valor de la firma sigue siendo uno de los últimos distintivos del periodismo profesional.
Las palabras pueden conmemorarse un día; la responsabilidad se ejerce todos los días. Ahí es donde el periodismo se confirma o se desmorona.
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