9 de junio de 2026

Coahuila: cuando conservar se confunde con conquistar

Por René Martínez Bravo
La jornada electoral de este domingo en Coahuila arrojó exactamente los resultados que todos esperaban. Las encuestas, prácticamente sin excepción, anticipaban una victoria contundente del PRI. No hubo sorpresa. No hubo terremoto político. No hubo cambio de rumbo.
Y precisamente por eso llama la atención el nivel de euforia que hoy exhiben algunos liderazgos priistas.
El Partido Revolucionario Institucional presume carro completo, se declara ganador en los 16 distritos electorales y celebra una mayoría que le permitiría mantener el control del Congreso local. Hay fotografías de festejos, discursos triunfalistas y declaraciones que intentan presentar la elección como una demostración de fuerza nacional.
Pero conviene hacer una precisión fundamental.
El PRI no ganó nada.
Lo que hizo fue conservar lo que ya tenía.
Y aunque parezca un simple juego de palabras, políticamente existe una diferencia enorme entre conquistar terreno y evitar perderlo.
Morena no gobernaba esos espacios. Morena no controlaba esos distritos. Morena no tenía una mayoría legislativa que pudiera perder. Sus candidatos salieron a disputar posiciones históricamente dominadas por una estructura política que durante décadas ha sido la fuerza predominante en Coahuila.
Por lo tanto, hablar de una derrota de Morena resulta cuando menos exagerado. Nadie pierde aquello que nunca tuvo.
Si alguien estaba obligado a ganar era precisamente el PRI.
Perder para el tricolor habría significado una catástrofe política. Ganar era simplemente cumplir con la expectativa mínima.
Con el gobierno estatal de su lado, con una maquinaria electoral aceitada durante años, con liderazgos regionales consolidados y con una estructura territorial que aún conserva capacidad de movilización, el resultado obtenido era prácticamente el escenario esperado.
Nada extraordinario ocurrió.
Por supuesto que los dirigentes de Morena aseguraban antes de la elección que obtendrían resultados positivos. ¿Qué otra cosa podían decir?
Ningún capitán sale a la batalla anunciando la derrota de sus tropas. Ningún dirigente político le pide a sus seguidores que abandonen la esperanza antes de abrir las urnas. La confianza forma parte de la estrategia y del discurso político.
Pero una elección local tampoco debe interpretarse como una fotografía exacta del futuro nacional.
Muchos analistas de ocasión intentarán vender la narrativa de que lo sucedido en Coahuila representa el inicio del derrumbe de Morena. Otros hablarán de un supuesto renacimiento del PRI. Algunos incluso querrán presentar este resultado como una señal de que la oposición finalmente encontró el camino para recuperar el país.
Nada más alejado de la realidad.
El PRI gobierna hoy únicamente una mínima fracción del territorio nacional si se compara con la hegemonía que alguna vez ejerció. Aquella maquinaria que dominaba prácticamente todos los rincones de México pertenece al pasado. La fuerza política que durante décadas parecía invencible se encuentra reducida a espacios específicos donde conserva arraigo, organización y capacidad competitiva.
Eso explica el resultado de Coahuila.
Pero también explica por qué esta victoria tiene límites muy claros.
Porque conservar posiciones no equivale a expandirse.
Porque defender una fortaleza no significa conquistar nuevos territorios.
Porque retener poder no es lo mismo que recuperarlo.
Lo ocurrido este domingo representa para el PRI una bocanada de oxígeno. Un respiro político necesario. Una noticia positiva para una organización que lleva años enfrentando derrotas en prácticamente todo el país.
Sin embargo, convertir este resultado en una señal de recuperación nacional sería un ejercicio de autoengaño.
El calendario político avanza rápido.
El 2027 está mucho más cerca de lo que parece.
Y si algo muestran hoy las tendencias nacionales es que Morena sigue siendo la fuerza dominante en el escenario político mexicano. Sus desafíos existen, sus errores son evidentes y sus adversarios tienen derecho a competir, pero pensar que una elección local en Coahuila modifica por sí sola la correlación nacional de fuerzas es una conclusión precipitada.
La política suele castigar las falsas ilusiones.
Por eso, mientras unos celebran como si hubieran reconquistado el país, quizá deberían recordar una verdad elemental: no se ganó una nueva batalla, simplemente se defendió una posición que ya se ocupaba.
Y eso, aunque sea importante, está muy lejos de representar el regreso de los viejos tiempos.
El 2027 será otra historia.
Y para entonces, los votos, como siempre, tendrán la última palabra.
Hasta la próxima
renovacion44@hotmail.com